Una chabona está
charlando con un hombre en una playa, (vaya uno saber dónde, aunque
posteriormente esta publicidad de chicles carezca cohesión, por la
pronunciación de la chabona, parecen ser porteños) sobre la vida en el mar y lo
mucho que sabe y le preocupa. Podríamos decirle chabón al “un hombre” pero
perdería remate la crónica. Digo en este sentido, chabona y no mujer o mina,
porque esta publicidad invirtió los roles que suele ocupar el pensamiento de
las actitudes seductoras de un hombre en la sociedad actual. El de chamuyero.
El de la frase sexista “El hombre propone y la mujer dispone”. La chabona
chamuya diciendo saber que conoce a las ballenas de punta a punta y las defiende a
morir. De alguna forma irónica, para hacer reír al consumidor, aparece una
ballena en la orilla del mar con problemas para regresar al agua. Los registros
recientes indican que solo hay ballenas en puerto madero y de tres metros. La
ballena que aparece en la orilla de alguna costa oceánica porteña, es más
grande que dos camiones.
La chabona, que mentía sobre lo
mucho decía conocer sobre la vida de estos mamíferos acuáticos, se avergüenza
de no saber qué hacer e intenta hacer un “chamuyisidio”, verbo creado por la
compañía de chicles que consiste en intentar de realizar lo que presumías
aunque sabía que nunca te saldría (al menos no bien). La chabona detiene los
alientos absurdos de ánimo al animal. Levanta la mirada. Llena de orgullo sus
pulmones. Muestra la barra de chicles, la parte con mucha experiencia. Se lo
mete en la boca y no mastica el chicle. Se acerca al hombre y expresa: “No soy
salvadora de ballenas. Pero no dejemos que este amor se extinga”. Retumba
música épica, se chapan, y ahora vuelvan a cambiar roles. Muestran al chabón
sometiendo delicadamente, agarrándole la cara con ambas manos a la mujer.
Termina con la voz del relator diciendo: “Topline. Seguí la línea de tu
frescura”.

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